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sábado, 3 de septiembre de 2016

Juan se fue por el río —y nació Lolita.

    En el marco de la materia de Literatura, exploramos la obra de Rodolfo Walsh mediante la lectura de textos como "En defensa propia", "El 37", "Cosa juzgada", "Los nutrieros" y "Esa mujer", junto con el visado de “Variaciones Walsh”. La consigna fue crear un personaje a partir de "Juan se iba por el río" —el último cuento de Walsh que robaron los militares y nunca se publicó—, respetando el género realista que caracteriza a estos relatos.

   Nació entonces Lolita, una estrella transgénero con un pasado durísimo. De padre dictador y madre subordinada, a los dieciocho años Juan se dio cuenta de que no podía vivir más en ese cuerpo tan ajeno. Inevitablemente cayó en las drogas y la prostitución luego de que lo echaran de la casa por manifestar su identidad de género.
   Fue en aquellos años de desolación —y por completa casualidad— que conoció a Esteban, un cazatalentos de la RuPaul’s Drag Race que se encargó de que rehabilitara, financió su genitoplastía y le abrió paso en el reality. Hoy en día, Lolita es una reconocida figura y un ejemplo a seguir tanto para quienes forman parte de la comunidad LGBT como los que no.
  El proceso creativo constó de tres etapas; escritura del guión, realización del video y presentación en vivo en el Congreso Científico Literario del Colegio Newlands. Tuvimos un mes aproximadamente, en el que el personaje fue evolucionando de mero concepto hasta desfilar en el auditórium del colegio (se hallaba entonces Lolita en su pico de fama, rodeada de luces, envuelta en música y flashes fotográficos).

   Como punto a favor destaco que cada miembro aportó sus ideas y la consigna se mantuvo en todo momento. En otras palabras, se respetó el realismo de Rodolfo Walsh y el trabajo se repartió equitativamente. Por otro lado, cabe destacar que —en tiempos donde la cuestión de género está más latente que nunca—, decidimos abordar el personaje desde la admiración y no desde la discriminación; presentamos una mujer que desde la práctica luchó por sus derechos de forma incansable a pesar de la discriminación que los miembros de la comunidad LGBT sufren.
   Un aspecto negativo fue la desconexión con la propia historia del escritor argentino. La temática fue anacrónica a los tiempos de Walsh en donde nuestro personaje difícilmente hubiese salido con vida. La transexualidad era considerada una enfermedad y programas como RuPaul’s eran sencillamente impensados.
   Para finalizar, espero que nuestra historia sirva tanto a modo de homenaje a la obra de Rodolfo Walsh —quien comparte con Lolita una vida llena de censuras y persecuciones—, como también instrumento de concientización sobre la importancia de la identidad de género.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Asesinato a distancia.

          Dentro de la materia Literatura, escribimos un texto que daba continuación a Asesinato a distancia, el relato policial de Rodolfo Walsh. El extracto era el siguiente:
         "[...]Las palabras quedaron flotando en el ambiente, impregnándolo de extrañeza. Daniel Hernández se revolvió incómodo en su silla de cañas. A su lado divisaba la silueta taciturna de Silverio. El cigarrillo, minúsculo corazón de pausado latir, le encendía a intervalos regulares las facciones reposadas y melancólicas. Daniel lo notaba envejecido. 
               El chillido áspero de una gaviota invisible surcó el cielo del atardecer. Como desmintiédolo, se oyó en la playa una risa [...], que parecía hecha de menudas cuentas de vidrio. Después una voz masculina, pausada y grave[...]"
              Como cada febrero, se hallaban vacacionando en la costa Argentina. Sus familias estaban ya dormidas, erosionadas por el sol y el mar. Cinco niños esperando al día siguiente para construir efímeros castillos de arena, junto con dos trabajadoras mujeres de piel cálida. Eran ya cerca de la una de la mañana cuando los hombres se dispusieron a dar un paseo nocturno por la playa vacía.
     Tras los médanos infinitos divisaron dos figuras. Un sujeto de un metro ochenta, aproximadamente, vestido con una manto hasta los pies. A su derecha luchaba una joven de unos trece años. De cabello azabache y sin vida, la muchacha gemía de dolor en lo profundo de la noche sin estrellas. Lo que de lejos parecía una risa era en realidad un despavorido aullido de horror. Sus gritos afilados penetraron en la piel de los testigos, quienes todavía no se habían percatado de que se trataba de un hombre sometiendo a una niña. 
          Silverio era un ex-combatiente, actual policía de la federal. Un verdadero apasionado de su trabajo. Se había enfrentado a los ingleses en Malvinas; flaco, paranoico y auténtico conocedor del dolor humano. Sus ojos insomníacos se exaltaron cuando escuchó aquel alarido, el cabello plateado se le erizó hacia el cielo azul. Hernández lo observaba con los cinco sentidos, más pendiente de su compañero que de los sangrientos aullidos. Lo aterraba la idea de una potencial crisis nerviosa de Silverio; el ingeniero conocía a su amigo tan bien como a la vieja playa de Santa Teresita en la que estaba divagando y sabía cuando tenía razones para alarmarse.
           A medida que los hombres seguían a sus oídos, la voz masculina se hacía cada vez más pesada y agresiva. Daniel quedó petrificado ante tal violento escenario. La niña se escurría como arena en un reloj en un souvenir típico de la ciudad balnearia, esforzándose por escapar de las garras de la bestia. El tipo de barba de virulana se mecía sobre ella de manera sistemática y nerviosa. Al oficial se le evaporaba la sangre.

        Y entonces Hernández ató cabos; encontró el por qué de la mutación en las facciones de Silverio. Había pasado una docena años pero el recuerdo seguía a flor de piel. El viejo apretaba la mandíbula y cerraba los puños, como si estuviese preparándose para desfigurarle la cara al sujeto que violó y mató a su hija doce años atrás. 
En una fracción de segundo Silverio arrancó el arma de su cinturón. Inmediatamente y sin medir las posibles consecuencias, el ingeniero se abalanzó sobre él, al grito de "¡Soltá eso, loco!", en el afán de evitar un asesinato a distancia. Derrumbado en el suelo y con el cuerpo cubierto de sudor helado, el comisario vio cómo el violador se detuvo y volteó desconcertado ente el barullo. Hernández se estremecía y enterraba los dedos en la arena desdeñosa. Estaba desesperado y el suspenso lo consumía. 
         La harapienta señorita se levantó entonces del suelo, como un ave fénix resurgiendo se sus cenizas. Decidió entonces tomar ventaja de la situación. Con sus esqueléticos bracitos –y una fuerza exagerada para una joven de su edad– la mujercita levantó una piedra de tamaño colosal y la dejo caer sobre la cabeza del agresor. El cuerpo de un metro ochenta se desparramó inerte sobre el suelo. La escena duró unos quince segundos, tiempo suficiente para quedar grabado en las retinas de sus paralizados testigos eternamente.